El intercambio de roles en el aula de clases

El «Síndrome de Dios» en la educación: por qué el aula de clases no debe ser un campo de batalla

Un tema que seguramente escandaliza a muchos docentes chapados a la antigua, es el intercambio de roles dentro del aula de clases. Esta práctica, aunque poco usual aún en nuestros días, genera controversias motivado a la falsa creencia de lo que consideramos como la autoridad del docente.

A pesar de los avances de la educación, algunos docentes se encuentran contaminados con el «síndrome de dios» durante el desarrollo de sus horas de clase. Se consideran los amos y señores, dueños absolutos de la verdad, jueces y verdugos de quienes consideran seres inferiores bajo su poder e influencia: sus estudiantes.

El dolor en el aula: terror y presión externa

Basta con sentarse como oyente en una institución educativa para percibir el terror que en algunas oportunidades experimentan los estudiantes cuando deben enfrentar a uno de estos “dioses”, a sabiendas de que en sus manos está su futuro, su éxito o su fracaso.

Estos momentos convierten al salón de clases en un verdadero campo de batalla. Sin embargo, en un ambiente globalizado, los estudiantes son usuarios de grandes avances tecnológicos e información variada que en ocasiones compite con la información que el docente pueda ofrecer.

Por más ilustrado que sea un docente, no está en la capacidad de abarcar la totalidad de un campo del conocimiento. De hecho, para evitar momentos embarazosos ante estudiantes aventajados que los dejan boquiabiertos, algunos recurren erróneamente al ejercicio forzado de su autoridad.

La ruta de escape: el intercambio de roles

¿Cómo solucionamos esta crisis en el aula?

Para ejercer una verdadera autoridad, el facilitador debe percatarse de que esta se basa en una relación armónica entre docente y discentes.

Nuestros estudiantes están sometidos a mucha presión externa. Para evitar que estos implosionen, no debemos convertirnos en una carga más para ellos; por el contrario, debemos abrir una ruta de escape a través de la aprehensión del conocimiento.

El conocimiento se construye, y se comparte.

No hay nada más gratificante que intercambiar de vez en cuando el rol de docente por el de discente.

Observar, escuchar, compartir y entender a nuestros estudiantes nos convierte en copartícipes del conocimiento, transformándose en un poderoso catalizador de nuestro desempeño docente. Solo así podemos asegurar con certeza que hemos dejado una positiva huella indeleble en cada uno de ellos.

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Como hemos reflexionado, erradicar el «síndrome de dios» y aplicar metodologías empáticas y modernas requiere de habilidades sólidas, actualización constante y acompañamiento experto.

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